martes, 12 de septiembre de 2017

Cuba, siempre entre huracanes



Cuba, siempre entre huracanes

“Si me dijeran pide un deseo, preferiría un rabo de nube, un torbellino en el suelo y una gran ira que sube. Un barredor de tristezas, un aguacero en venganza que cuando escampe parezca nuestra esperanza.”

Silvio Rodríguez, Rabo de nube.

Claro que esta cita  de estas obra musical es para otro tipo de ciclones, más dañinos miles de veces que los fenómenos naturales a los que los cubanos, en cierta forma despreciamos y en otra forma respetamos y de los que parece que tampoco vamos a librarnos nunca.

Irma: la sádica de Auschwitz y el ciclón Irma

Irma Ilse Ida Grese fue una supervisora de prisioneros en los campos de concentración de Auschwitz-Birkenau, Bergen-Belsen y Ravensbrück durante la Segunda Guerra Mundial. Apodada "La bella bestia", "La cancerbera", "El ángel de la muerte" o "La perra de Belsen" por los prisioneros de estos campos a causa de su comportamiento sádico y perverso, fue una de las más crueles y famosas criminales de guerra nazis, quien a pesar de su corta edad fue condenada y ejecutada en la horca por los Aliados el 13 de diciembre de 1945.  Sigue ocupando un sitial importante entre la lista de las mujeres más malvadas de la historia. Y ahora vemos que al huracán más intenso en nuestra área geográfica lo bautizan como Irma. ¿Similitud o coincidencia?

Un informe asegura que bautizar a las tormentas con nombres femeninos provoca que se tome menos en serio la dimensión del peligro, pero el hecho cierto es que los huracanes que tienen nombres femeninos son más letales y generan más muertes que los que tienen nombres masculinos. Para los expertos, la gente percibe a las tormentas con nombre de mujer como menos amenazantes y llevan a un menor riesgo percibido y, en consecuencia, menos preparación.

Hay científicos que sugirieron cambiar el método para bautizar a los huracanes a fin de contrarrestar el sexismo inconsciente que termina por afectar los niveles de preparación de la población. Yo al final no comparto las conclusiones del estudio, creo que la gente tiene que concientizar de que un huracán no es cosa de juego y que hay que prepararse para ello debidamente, independientemente de que se llame Sam o Samantha.

Este dulce nombre de mujer, que se la ha dado a uno de los huracanes más mortíferos en la historia de la meteorología y que ha mantenido a todo el Caribe en vilo durante muchos días, y los desastres que ha dejado a su paso, no podía menos que inspirarme a escribir sobre este tema, que como muchas cosas para los cubanos, la mayoría de las veces no afrontamos con la seriedad que merece.

No va a ser este una simple recopilación de ciclones que han azotado a Cuba, sino una reflexión acerca de lo que este triste acontecimiento ha representado y dejado en la psiquis del cubano.

Para el cubano un ciclón es parte de su cultura. Desde chiquito estamos viendo a la familia pendiente de los partes meteorológicos, calculando las posibles trayectorias y decidiendo si hay que hacer acopio de comida y agua y asegurar con mayor o menor precisión las puertas y ventanas y tomar otras acciones relacionadas para evitar los daños posibles.

Este magnífico dominio del acontecer ciclónico está sustentado en una tradición transmitida generación tras generación y ayudada, por supuesto, por los modernos medios de comunicación y las avanzadas tecnologías de pronóstico.

Los cubanos somos, en su gran mayoría, una mezcla de tradiciones y raíces españolas y africanas, pero también con influencia de las culturas china, árabe, francesa e italiana. Todas estas herencias han marcado al cubano y su forma de actuar. El carácter de los cubanos, que se traduce en su alegría, amplio sentido del humor, solidaridad, hospitalidad y elocuencia muestra que para nosotros todo puede solucionarse, e incluso lo demostramos burlándonos de los problemas más serios, como lo es un huracán.

Cuando un ciclón azota en Cuba,  la solidaridad humana aflora, los residentes de las áreas afectadas recurren a sus vecinos con viviendas en mejores condiciones, donde permanecen mientras se mantenga el peligro y a nadie le pesa esa decisión.

Pero vamos a ver como reacciona un cubano cuando le pronostican la llegada de un ciclón, sea cerca o lejos, no importa, lo importante es que hay que prepararse para pasarla bien durante el ciclón. Y en eso los cubanos somos expertos. (Aunque nos creemos ser expertos en muchas cosas y no lo somos, en esta es casi seguro que sí lo seamos).


Anécdotas y costumbres “cicloneras” en Cuba

En cualquier país del mundo al que se acerque un fenómeno meteorológico de este tipo, las personas se verán llenas de miles de preocupaciones que van desde las medidas para conservar sus vidas,  el estado de sus viviendas y hasta cómo se alimentarán durante los días que dure el evento meteorológico.

En Cuba es diferente.

Los preparativos para la espera del ciclón se convierten casi en una ceremonia, como si se tratara de la Nochebuena, una fiesta o un evento importante, al margen del peligro que se corre.  Es por ello que podemos encontrarnos:

-los que se acuestan sin quitarse la ropa
-los que no se acuestan por si acaso
-los nerviosos que fuman incesantemente
-los borrachos que tienen en sus manos otra justificación para beber
-los que se dan cuenta en esa hora que no tienen suficientes clavos y maderas para reforzar puertas y ventanas, ni combustible, lámparas o velas de reserva
-los que no fueron previsores con el agua y alimentos
-los que no recogen el reguero del patio y pasillo, o aseguran o bajan la antena del televisor a última hora
-los que preparan el dominó, el cubilete o las cartas, o hasta el parchís o las damas chinas
-los que no se van de al lado del televisor o el radio atentos a las informaciones
-los que pregonan por todo el barrio lo que va a pasar
-los que aseguran un puesto debajo de la cama para que el colchón los proteja
-los que comienzan a acopiar y recordar historias, sobre todo de los estragos de otros ciclones, para entretenerse mientras pasa el ciclón y de paso asustar a los que lo escuchan
-los que se encomiendan a la Caridad del Cobre o a Dios,
-...y lo mejor, los que están locos porque pase el ciclón para tomar chocolate caliente con galletas.

Aunque los cubanos estamos acostumbrados a los ciclones, que vienen todos los años, por una parte u otra de la Isla, lo cierto es que no sabemos cuán desastrosos van a ser.  Cuba es tierra de desastres naturales: ciclones, huracanes, largos períodos de sequía, inundaciones, plagas y otras tantas cosas de la naturaleza. El problema es que a los cubanos nos cuesta mucha trabajo recuperarnos de ellos y, en el mayor de los casos, no logramos hacerlo nunca., porque sabemos que detrás viene otra cosa igual o peor.

Cuando comienza la temporada ciclónica en el mes de junio, tenemos a mano un Atlas Geográfico, una lupa, una libreta de notas con las predicciones que emiten los centros meteorológicos y todo lo que nos ayude a saber por dónde va el fenómeno.

Además en la computadora tenemos en la memoria caché al sitio del NOAA y el Centro Nacional de Huracanes de Miami y el del Instituto de Meteorología de Cuba y no nos perdemos por nada del mundo las indicaciones y pronósticos de Rubiera, las que damos por concluyentes.  Por el NOAA sabemos desde que en las costas de Cabo Verde aparece una posibilidad de una onda que pueda convertirse en tormenta tropical o algo peor y de ahí en adelante estamos pendiente de ello.

Yo no recuerdo cuándo fue por primera vez que estuve bajo los efectos de un evento climático de este tipo, aunque sí tengo en mi memoria una inundación y mucho viento en el patio de la casa donde vivía en Bejucal, que tenía grandes árboles frutales y poseía una colección de curieles, que por desgracia algunos murieron ahogados; lo que no sé si fue un ciclón u otra cosa porque tenía no más de 3 años de edad, pero lo que sí recuerdo es que cuando se hablaba de ciclones ello representaba varias cosas buenas.
En la ingenuidad de la niñez ello significaba días de vacaciones sin ir a la escuela ni hacer tareas, jugando a todas horas y comiendo mucho, así como mataperreando después que pasara el peligro, si es que lograba fugarme, porque muchas veces después del paso del ciclón subsistían peligros grandes y uno no se daba cuenta de ello, por lo que las salidas a la calle estaban prohibidas.

Al hacerse uno mayorcito, todo empezaba a cambiar. Ya no podía ir a fiestas ni ver a la noviecita, el ciclón se convertía en una prioridad para ayudar a los padres a crear una reserva de agua y comida; asegurar puertas y ventanas, recoger las cosas regadas que pudieran convertirse en un proyectil y prepararse para un largo campeonato de juego de barajas, de dominó o cubilete en espera, durante y después del paso del ciclón.

Por supuesto que las cosas han cambiado mucho, pero cuando era niño, que se cocinaba en una larga cocina de carbón con 5 hornillas o fogones, había que hacer una buena provisión de carbón y buscar la manera de que no se mojara.  Además no había los modernos métodos de detección de las trayectorias y de información a la población, por lo que había que estar pendientes a las informaciones por la radio y a los comentarios de vecinos o autoridades.

Algunas de esas costumbres no debían haberse desechado completamente y contar con una pequeña reserva de carbón y un brasero, por si se acaba el gas y se va la corriente eléctrica, al menos tener algo caliente.

Lo que más lamento de los ciclones actuales es que mi abuela ya no esté viva, yo creo que era el que mejor la pasaba, porque durante el ciclón todo se resumía en darme golosinas, chocolate y hacerme los interminables cuentos que ya me sabía de memoria, pero que disfrutaba muchísimo aún sabiendo lo que iba a ocurrir.  Además algo importante: mandaba a callar a los que querían asustarlo a uno con el ciclón, comparándolo con el viejo del saco que se llevaba a los niños.

Muchos dicen cuando pasa un ciclón, que aquello fue solo el humo, la candela viene atrás, y eso quiere decir mucho.

Por eso una vez preparados con todo lo dicho anteriormente, al menor vientecito, cerrábamos y asegurábamos puertas y ventanas y nos escondíamos como si estuviéramos en una madriguera, en espera de lo que pueda pasar.  Cuando después pasa todo, cerciorándose que no sea el ojo del huracán, abrimos las puertas con la esperanza de no encontrar una escena de destrucción y desolación, la que muchas veces desgraciadamente es real.

Por eso me vuelvo a acordar de mi abuela, que cuando sabía que venía de visita mi primo Héctor, decía: : “Escóndanlo todo que ese niño es un ciclón”.


Alvarez Guedes y los ciclones.

Ese gran cronista de la cubanía, la más alta expresión de la simpatía de un cubano, no podía dejar de abordar en sus cuentos o historias humorísticas, el tema de los cubanos y los ciclones.

Hay una historia del gran humorista, que dice, más o menos, que cuando se acerca un ciclón, las emisoras de radio empiezan a joder con el tema hasta el cansancio. El ciclón está a 800 millas y empiezan a repetir que hay un ciclón, que viene para acá, y lo triste es que los cubanos de Miami ya están imitando a los americanos y se lo cogen muy en serio.

Todo el mundo sale para el supermercado más serios que el carajo, a comprar, puntillas, agua, madera, 14 latas de sardina, (¿pero coño, hasta cuando va a durar el ciclón?) para acopiar todo lo que puedan.

Recordaba que cuando en Cuba decían: ciclón, aquello era una fiesta, lo primero que hacían era revisar el tocadisco a ver si funcionaba y por la noche se daba una comida, se reunían los amigos y la familia y no se oía un parte ni un carajo, concluyendo: si viene,  ¡me jodí!, no había que preocuparse de antemano.

Cuenta que estaba en 1979 en Puerto Rico y cuando anunciaron que venía el huracán David, y había mucha alegría en la calle, se metió en un supermercado y todo el mundo estaba comprando comida y cerveza para la fiesta, y una mujer le dijo a otra ¿tú no vas a hacer un asopao? Y la otra le responde que no, por lo que le responden: ¿quién ha visto un ciclón sin asopao?

Y el gobernador, que conocía a los puertorriqueños muy bien,  dijo que todo el mundo se fuera para su casa a las 3 de la tarde, para que se prepararan para el ciclón, pero él sabía que era para que prepararan la fiesta. No hubo lluvia ni viento y a las cinco de la tarde una emisora dió una noticia que se extendió rápidamente, que era que el viento había tumbado un palo de aguacate en Guaynabo y todo el mundo hablaba de ello.  

Alvarez Guedes escuchó por un radio de onda corta una transmisión desde Miami informando que el ciclón no pasaría por Puerto Rico y se desviaba para República Dominicana, pero no quería aguarle la fiesta a la gente, le daba lástima y no dijo nada.

Al otro día la gente estaba triste porque no había pasado el ciclón, entró a un bar y en el televisor hablaba el alcalde que dijo que desgraciadamente David no pasaría por Puerto Rico, pero siempre quedaba la esperanza de que el año próximo otro ciclón lo hiciera.

Por supuesto que es algo exagerada la historia, pero no está muy lejos de la forma de ser de los puertorriqueños, muy similar a la de los cubanos que al final, como dijo la poetisa borinqueña Lola Rodríguez de Tió, son de un pájaro las dos alas.

Y Alvarez Guedes aborda otra historia sobre el mortífero huracán Andrew, que tantos destrozos dejó en Miami y que cuenta en síntesis:

En Miami, cuando surgía un remolino de viento a mil quinientas millas, las emisoras empezaban a alarmar a todo el mundo: ¡sigan en sintonía con nosotros que cada diez minutos daremos partes de la situación!

Los americanos enseguida iban a aprovisionarse y los cubanos en Cuba lo que priorizaban era verificar el estado del tocadiscos y acopiar comida y bebida para hacer una fiesta mientras estuviera pasando el ciclón. Pero los cubanos y los latinoamericanos que van a Miami se contagian con las comemierdurías de los americanos.

Cuenta que cuando anunciaron que llegaría el ciclón Andrew, él fue a las 11 de la mañana a comprar un paquete de mariquitas y ya no había, ni había pan, ni agua, ni velas, ni sardinas, no había nada. Y pensó: la gente está comprando de todo, como si se fuera a acabar el mundo.

Bueno, ¡pues se acabó el mundo!.


Cuando llegó el ciclón de madrugada, recuerda que se pasó desde el 24 de agosto de 1992 hasta el primero de septiembre diciendo:¡ño! repetidamente.

La destrucción fue tremenda, pero dentro de ello hubo cosas graciosas.
A los tres días de pasar el ciclón, Miami se llenó de “Adjusters”, que eran los encargados de valorar los daños por parte de las compañías de seguro. Los que eran americanos eran buena gente y ayudaban a los damnificados para que pudieran recuperar lo perdido, pero los que eran latinos se comportaron como unos hijos de puta. No hay peor cuña que la del mismo palo.

Cuenta que un “adjuster” americano a una pareja de ancianos les dió 35 mil dólares, toda una fortuna entonces, cuando los daños eran de solamente tres mil. Con ese dinero arreglaron la casa, el hombre se puso una bombita y la mujer se estiró la cara y les alcanzó para dar un viaje por muchos países.  Y a otra gente, que cayeron en manos de “adjusters” latinos, les dieron solo una parte ínfima de los daños que hizo el ciclón.


Huracán. Así empezó todo (después que llegó Colón)

Un Huracán es una perturbación meteorológica  con mucha lluvia y vientos de gran velocidad que pueden llegar a trescientos kilómetros por hora o más y que es tremendamente destructivo.  Esta palabra es de origen taíno o arahuaco (Juracán) y quiere decir "centro del viento" y designa a un dios maligno. Los mayas utilizaban el vocablo Hurankén como nombre de un dios creador, quien, según ellos, esparció su aliento a través de las caóticas aguas del inicio, creando así la Tierra. Los quechuas también nombraron a un dios Hurakán, el de los truenos y tormentas.
Los huracanes son los grandes ciclones del hemisferio occidental y reciben nombres diferentes en otras partes del mundo. Ciclón es el nombre que recibe en la India y todo el Golfo de Bengala, en Filipinas se denomina “baguio”, en Australia se identifica como “Willy-Willy” y en el Oeste del Pacífico se conoce como tifón.

El descubrimiento de América y la ulterior penetración en aquel continente constituyen una de las aportaciones más sustanciales, diría yo la más importante, de España a la historia del mundo.

Todos aquellos hechos, desde los viajes iniciales al control de un espacio de millones de metros cuadrados, distante miles de millas de toda tierra civilizada, no hubiera sido posible sin la conjunción de una serie de factores históricos y climáticos.  América fue descubierta, por azar providencial, en el justo momento en que su conquista, colonización y evangelización comenzaban a ser técnicamente posibles.

Pero eso no se limitó a lo antes mencionado, también se conoció por primera vez lo que era un huracán.  Es por ello que se dice que el término huracán fue llevado a Europa por los marineros de Cristóbal Colón.

Colón fue sorprendido por un ciclón en junio de 1494 en las inmediaciones de la isla San Juan Evangelista, que tuvo decenas de nombres después, y que ahora se llama Isla de la Juventud, aunque todo el mundo la conoce como Isla de Pinos, y que lo obligó a guarecerse y permanecer 12 días con sus naves en la Ensenada de la Siguanea para repararlas.

A partir de ahí ell mundo comenzó a conocer una fuerza destructiva nunca vista antes.

Hay una interesante carta de Juan Ponce de León al Comendador Nicolás de Ovando en Santo Domingo sobre el asunto y las menciones a estos eventos naturales continuaron durante los siglos siguientes y es curioso como Fray Iñigo Abbad y Lasierra, en 1788, describe al huracán como:

“…el fenómeno más horroroso de cuantos se observan en la Isla, y aún creo que en toda América. Es un viento furioso acompañado de lluvia, relámpagos, truenos, y las más veces de temblores de tierra; circunstancias todas las más terribles y devastadoras que pueden unirse para arruinar un país en pocas horas; los torbellinos del aire y torrentes de las aguas, que inundan los pueblos y campiñas con un diluvio de fuego, parece anuncian las últimas convulsiones del universo”

Mientras los humanos no podemos explicarnos los eventos naturales, los cargamos de una serie de mitos, creencias y leyendas. Ese es el caso de los huracanes, que, a los que aunque en nuestros días podemos darles una explicación científica, aún persisten estas fábulas y tradiciones sobre su origen como forma de castigo divino, una especie de diluvio universal contemporáneo.
Sin duda alguna el que observa por primera vez este fenómeno queda tremendamente impactado.  Yo me río cuando veo a un español o un argentino en una emisora televisiva de Miami explicando qué es un ciclón y sus peligros.  Podrán hablar de asados, de fútbol, de potajes exquisitos y de miles de otras cosas, pero ponerlos a narrar un ciclón, es una herejía.

Es como las películas del oeste, en una traducción para ser vistas en España, donde no se pueden subtitular los filmes sino traducir su audio, escuchar al sheriff decir: ¡Levantad las manos gañán!, a lo que le responde el cowboy: ¡Callad la boca sherifo, váis a ver, gilipollas!  ¡Del carajo!, no se me ocurre decir otra cosa.  Pues igual me pasa con estos narradores, los  menos idóneos para hablar de un ciclón.

El antropólogo cubano Fernando Ortiz, en su libro “El huracán: su mitología y sus símbolos” describe varias de estas creencias sobre los huracanes en las culturas indígenas de Cuba.

El huracán siempre ha estado presente en las mitologías y la cultura cubanas.  Así vemos cómo un evento natural que nos atañe por nuestra realidad geográfica, tiene un impacto en la cultura, en la religión y en la cotidianeidad antillana y caribeña.  Un ejemplo de ello es la relación existente entre la fiesta de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, celebrada a principios del mes de septiembre, y que coincide con el mes de mayor actividad ciclónica, al igual que las fiestas en honor a los Orishas de las religiones sincréticas cubanas asociados a las aguas, Yemayá y Ochún.

El hombre ha creado y transmitido una dependencia y creencia en los mitos y leyendas que a pesar de los avances científicos y tecnológicos, en el subconsciente subsisten estas ideas.


Rubiera:  el "gurú" de los huracanes

Gurú es una palabra que significa “maestro” y que se usó por vez primera en el hinduismo para nombrar al jefe religioso o al maestro espiritual, pero su significado se ha extendido al lenguaje popular para hacer referencia a aquel al que se le reconoce autoridad intelectual o se lo considera un guía espiritual.

Los cubanos tienen mucha fe en el "gurú" de los huracanes, como es conocido el prestigioso meteorólogo cubano José Rubiera, una de las personalidades más populares en nuestro país.

Su palabra es muy fuerte porque está sustentada en la ciencia y sólo hay otro cubano que se ha atrevido a contradecirlo, politizando sus vaticinios para tratar de esquivar una trayectoria ciclónica adversa. Por supuesto que hablamos de Fidel Castro, que sabía de todo más que los grandes expertos en cualquier tema. Esa forma de actuar, entre otras causas, ha llevado a Cuba a la sima más profunda, porque en realidad el Comandante no sabía nada de nada, solamente fue exitoso en conspiraciones y en imponer su voluntad, sustentada en sus caprichos y en un total voluntarismo.

Rubiera ha demostrado a través de muchos años dos cosas: la certeza de sus predicciones, profundamente científicas y hacer más amena, comprensible y humana la divulgación de la información relacionada con el clima y en particular con los huracanes.  Y eso es mucho decir, sobre todo en un país donde no se cuenta con los últimos avances tecnológicos necesarios  para abordar el tema y los antecedentes están plagados de fríos e inexactos pronósticos.  Al respecto de ello me acuerdo que cuando niño los partes del tiempo los daba Millás, al cual no le hacían mucho caso.

Lo cierto es que José Carlos Millás Hernández, que como muchísimos cubanos famosos murió en Miami, fue un ingeniero, Capitán de Corbeta, meteorólogo, y climatólogo cubano y que es reconocido como uno de los "padres de la meteorología tropical".

Millás, ingeniero civil por la Universidad de La Habana, estudió también en la Universidad de Chicago y fue nombrado en 1921 como Director del Observatorio Nacional, posición que mantendría durante cuarenta años, hasta su jubilación. Si analizamos que en 1959 había un solo sistema de radar, situado en La Habana, podemos concluir que Millás, más que pronósticos hizo vaticinios, porque no contaba con el respaldo tecnológico mínimo, por lo que se puede definir como muy buena su trayectoria que incluyó fuertes colaboraciones con el Weather Bureau de Estados Unidos para analizar a los ciclones tropicales.  Es pues injusta la valoración que muchos hemos hecho de Millás.

El trabajo de Rubiera al frente del Departamento de Pronósticos del Instituto de Meteorología ha sido ampliamente reconocida, inclusive internacionalmente.  

Mi amigo Otoniel es oriundo de San Antonio de Río Blanco, pueblo a medio camino entre el Central Hershey y Jaruco, por lo que conoce a “Pepito” Rubiera desde joven, cuando su padre era perito químico azucarero, Doctor en Farmacia y finalmente el dueño de una farmacia. Pepito Rubiera siempre fue un entusiasta de la meteorología, por lo que estudió Física y se hizo Doctor en Ciencias.

Cuenta Rubiera que veía por televisión al Dr. Mario Rodríguez Ramírez sólo cuando había ciclón, y que en tiempos normales  un locutor leía una nota llena de conceptos técnicos que nadie entendía y se acompañaba de un mapa que tampoco decía mucho. Rodríguez Ramírez era en esos momentos el meteorólogo cubano más preparado tanto en Cuba como en Estados Unidos y con amplio reconocimiento internacional, pero tenía el defecto de ser excesivamente controlador y ello conllevó a que no se concretara el proyecto promovido por Rubiera de dar en el noticiero de televisión un pronóstico por parte de meteorólogos que fuera asequible y entendible por la población.

Es en 1981, en que presenta un documento con ideas de cómo hacer la presentación del tiempo en la televisión, y al ser discutido se le dice que comenzara esa misma noche pues había un frente frío interesante. Era el 13 de enero de 1981, para lo cual hubo que buscarle unas cuchillas para afeitar, una corbata y un saco y comenzó su trabajo en el noticiero en vivo, lo que por suerte se mantiene hasta el día de hoy.


Pero si hablamos de Rubiera también hay que mencionar al Padre Benito Viñes, un precursor de gran importancia, porque a pesar de las conclusiones a las que llegó, y que llamó leyes, sin ser tales, tuvo en su tiempo un conocimiento de los ciclones tropicales más profundo que cualquier otra persona en el mundo y lo plasmó en sus obras de su corta vida profesional de 20 años, creando lo que se estima son obras maestras de la meteorología tropical. Además elaboró el primer parte meteorológico en Cuba en 1875 desde el observatorio del Colegio de Belén.

También Rubiera reconoce las otras figura mencionadas, como es la de Millás, pues indiscutiblemente era un individuo muy talentoso, que con las condiciones de aquella época en que no había radares ni satélites, y a partir de los años 1940 en adelante comenzaron los aviones, los sondeos de la atmósfera superior comenzaron cuando la II Guerra Mundial, antes de esa fecha no había nada, por lo que destaca y de ahí la importancia del trabajo de Millás, que era genial e intuitivo. Y el otro es el del Dr. Rodríguez Ramírez, responsable de la creación de la escuela de meteorología, que fue su obra cumbre, y si se le hubiese seguido haciendo caso a él, hoy en día tuviéramos en Cuba el centro de formación profesional para América Latina, lo que ocurrió fue que distintas coyunturas de aquel momento no favorecieron que aquella idea fructificara, pero gracias a ella es que existen en Cuba meteorólogos con tan alto nivel mundial. Y no olvida al Padre Rafael Goberna, Presidente de la Sociedad Meteorológica de Cuba.


Los aborígenes y los ciclones.

La aparición de un ciclón, para el que no existía otra protección que no fuera buscar la forma de sobrevivir prácticamente cuando ya comenzaba a azotar, fue causa de que los aborígenes cubanos (taínos, siboneyes y guanahatabeyes)  convirtieran a las cuevas en refugios naturales contra los fuertes vientos y las lluvias torrenciales.

Las cuevas permitían la vida normal por un tiempo más o menos prolongado e incluso permitían cocinar y hacer otras labores, inclusive algunos de ellos vivían siempre en cuevas, pero en los lugares donde no habían cuevas cercanas o que tuvieran las condiciones para protegerlos, se vieron obligados a buscar otras alternativas.


Una de ellas fue el “vara en tierra”.

Con los años el vara en tierra se convertiría en el refugio campesino idóneo contra huracanes, y consistía  prácticamente en un hueco en la tierra con un techo de dos aguas encima, o lo que pudiera describirse una casa sin paredes. Ello salvó la vida de muchísimos aborígenes, campesinos y animales domésticos durantes siglos, fuera como protección contra un violento huracán o un viento platanero.
En Cuba se define como “viento platanero” a aquellos ciclones de poca intensidad y que por supuesto derriban todas las matas de plátanos, las cuales, por sus grandes hojas y sus débiles y poco profundas raíces, son las más sensibles a cualquier viento fuerte.


De todas maneras, de cien mil indígenas en que se calcula la población de Cuba a la llegada de los españoles, quedaban 40 años después, unos cinco mil y el resto había muerto a consecuencia del agotamiento en el trabajo al que no estaban acostumbrados, al hambre, víctimas de asesinatos en masas y la cruel medida de las encomiendas que se mantuvieron hasta el año 1853, cuando prácticamente se había extinguido nuestra población aborigen.


Por ello el peor ciclón para nuestros aborígenes fue el de la llegada de los españoles.

Los presidentes cubanos y los ciclones

Grau, un Presidente “salado”

Ramón Grau San Martín tomó posesión el 10 de octubre de 1944 y una semana después un violento huracán azotaba la Isla y ocasionaba estragos, desolación y muerte en La Habana  y las otras provincias occidentales. A su vez el 5 de octubre de 1948, cinco días antes de que abandonara el poder, otro huracán hacía similar recorrido y destrozos.

En Bejucal, donde nací casi cinco años después, el 26 de diciembre de 1940, un tornado provocó la muerte de 20 personas. La velocidad de los vientos que azotaron al pueblo de Bejucal alcanzaron 330 kilómetros por hora (205 millas por hora); el pueblo desprevenido recién salía de disfrutar sus famosas charangas. Pero poco tiempo después también pasó por allí, en su camino a La Habana, el ciclón del 44 que fue uno de los más intensos que azotara a Cuba en el Siglo XX.  Pero si usted habla con un bejucaleño, joven o viejo, siempre va a mencionar el tornado o manga de viento de 1940 como algo de triste recordación y tampoco dejará de hablar de las charangas, de Los Pinos Nuevos y de la Ciudad de los Niños, ah y por supuesto de que el primer tren en Cuba hizo el viaje desde la Habana hasta ese pueblo.

El ciclón comenzó con un frente frío que llegó a Cuba el 11 de octubre de 1944. En La Habana ya los cubanos sacaban su ropa de invierno para celebrar la inauguración del Presidente Grau.  Su paso por Pinar del Río y La Habana duró 14 horas con vientos sostenidos de 125 millas por hora y rachas de 160 millas por hora como Huracán Categoría 4.

Hubo destrozos en el Hotel Sevilla Biltmore y en edificios de la ciudad de Marianao, varios barcos se desamarraron en la bahía y se destrozaron contra los arrecifes, el río Almendares se desbordó, los árboles del Prado fueron arrancados de raíz o partidos,  el estadio de la Tropical quedó sin techo al igual que el del hipódromo Oriental Park que entonces era considerado “el mejor de América”, la Alameda de Paula, y muchos parques quedaron sin árboles y gran número de casas perdieron sus techos o paredes exteriores. Hubo cerca de 300 muertos y muchos heridos. La cosa con Grau empezaba mal.


Grau tuvo la suerte de que con el fin de hacer frente a la catástrofe, sobre todo en las tareas de evacuación, hubo una verdadera movilización popular donde los seguidores de Chibás se convirtieron en socorristas y con su humana labor contribuyeron a salvar muchas vidas y aminorar las pérdidas materiales. Eduardo Chibás con un casco de bombero, se lanzó a la calle a recorrer los barrios de la ciudad, lo que constituyó un estímulo tanto para los damnificados como para los socorristas, y un ejemplo insólito por parte de un senador de la República. Ante una calamidad que conmocionó a toda la sociedad cubana, el país ofreció una muestra de unidad nacional de inestimable valor para aliviar los sufrimientos y las necesidades de decenas de miles de damnificados y el Gobierno obligado por el ejemplo de Chibás, dictó medidas eficaces para la recuperación.

Chibás, distanciado ya del Partido Auténtico y de Grau, decía en un comentario radial de octubre del 48: “Grau llegó con un ciclón y se fue con otro. ¡Solavaya!”.

Con Machado la cosa no fue mejor.

La política autoritaria del general y Presidente Gerardo Machado y la Crisis económica de 1929 sumieron a Cuba en una de las peores crisis de su historia. Se produjeron numerosas manifestaciones de estudiantes y trabajadores, y el descontento de todos los sectores, incluyendo al Ejército, aumentaba.


El famoso ciclón del 26.

Bajo el gobierno de Machado llegó el histórico ciclón del 26, del que nuestros padres y abuelos no se cansaban de hablar.  El mejor ejemplo de su violencia lo es la foto de la palma real, en el Surgidero de Batabanó, atravesada por una viga de pino de tres metros de longitud que se convirtió en un símbolo de la violencia de un huracán.

Tanto el Observatorio Nacional como el de Belén, no se cansaron de propalar la voz de alarma y de aconsejar las mayores precauciones, y gracias a esa excelente labor científica, se tomaron con tiempo acertadas medidas que disminuyeron algo la horrible catástrofe.


Desde las primeras horas del día 20 se desencadenó con furia y la fuerza del viento no pudo ser medida, por haber sido arrasados por el huracán todos los anemómetros contadores. En el Observatorio de Belén la máxima registrada fue de 165 kilómetros por hora, antes de ser estropeados los anemómetros, pero la velocidad aumentó grandemente después de esa lectura, sin que se pueda precisar su verdadero valor. que se estima muy superior a 250 kilómetros por hora.

La Habana sufrió grandes inundaciones, derrumbes, se quedó sin árboles y sin servicios de electricidad, telefonía y  agua.  Se hundieron embarcaciones y los muelles quedaron destruidos. El huracán castigó a la capital durante diez horas y dañó cinco mil edificios, derribó cien mil árboles y hundió trescientas embarcaciones. Las pérdidas fueron millonarias, y lo más triste, murieron 650 personas.  Este desastre se sumó a la crítica situación del país.


El ciclón del 33 en Santa Cruz del Sur, el peor desastre en Cuba.

Batista aparece.

El 12 de agosto de 1933 se desató una huelga general revolucionaria, que tambaleó al régimen. Machado buscó apoyo en las Fuerzas Armadas de Cuba, las que le negaron su apoyo y Machado se vio entonces obligado a dimitir y abandonó Cuba el 13 de agosto de 1933, triunfando así la Revolución de 1933.

El Golpe de Estado en Cuba de 1933, también llamado Revolución de los sargentos, o Revuelta de los sargentos, fue una sublevación exitosa de los sargentos y soldados del Ejército de Cuba el 4 de septiembre de 1933, de carácter revolucionario, contra los oficiales y el gobierno de Carlos Manuel de Céspedes y Quesada.

Es a partir de entonces que el Ejército de Cuba se erige como la fuerza decisiva en la vida del país, abriendo una etapa de militarismo en la sociedad, e injerencia del Ejército en los asuntos civiles.  El ejemplo del 4 de septiembre sirvió a Fidel Castro para planear el Asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1956, cuando vistió a sus hombres de sargentos del Ejército, para tratar de confundir a los militares y también debe haberle servido a Batista para repetir un golpe de estado como el del 10 de marzo de 1952.

En ese contexto llega el ciclón que arrasó con Santa Cruz del Sur, de muy triste recordación.
La entrada del huracán en la provincia de Camagüey tiene lugar en las primeras horas de la mañana del 9 de noviembre, exponiendo a la pequeña ciudad al embate terriblemente combinado del viento y el mar con  vientos que sobrepasaron los 250 Kilómetros por hora y abate sobre la población soplando del mar a la tierra, empujando sobre la ciudad, situada a metro y medio sobre el nivel del mar, olas que alcanzaron, alturas entre siete y diez metros, las cuales sepultaron al pueblo.

El agua del mar comenzó a entrar y a subir su nivel como sube la marea, alcanzando más de tres metros de altura, lo que sumado al oleaje provocado por el viento huracanado, hizo subir el nivel del mar hasta diez metros de altura y llegando tierra adentro hasta casi veinte kilómetros de la costa.

El pueblo fue totalmente destruído y se calculan según investigaciones más precisas, alrededor de 2248 personas muertas y no 3000 o 3500 como hasta ahora se decía. Pero no por ello deja de ser la mayor catástrofe en la historia cubana.

Ni Batista, ni Machado se ocuparon de aliviar estas desgracias.

Hemingway en Cuba y los ciclones.

Pocos hombres fueron capaces de labrarse en la primera mitad del siglo XX una mitología personal tan minuciosa y eficaz como Ernest Miller Hemingway. Quizás nunca se vió tan reflejado en un personaje como cuando describió al viejo Santiago y su triunfal derrota en "El viejo y el mar".  

Y nada superó en su vida el amor que sintió por España y sobre todo por Cuba. Desde muy joven tuvo un repetido cortejo con la muerte y boxeó, cazó, pescó y fue un experto en la lidia de toros y de gallos y estuvo como corresponsal en varias guerras. El  alcohol y las mujeres aliviaban su ocio y lo hacían menos propenso a sus continuas depresiones. Y también amaba los ciclones porque como su vida misma, nacían en un remolino.

Es famoso que  “Papa” hacía anotaciones en cualquier lugar de la casa o en libros, revistas, o en papeles sueltos, sobre su peso diariamente, pero también sobre los ciclones tropicales que pasaban por Cuba.

No era, precisamente, un hobby o una curiosidad náutica del escritor norteamericano, era un imperativo de su una necesidad de estar informado, de saber qué iba a pasar, pues su condición (a la que nunca renunció) de periodista así se lo imponía.

Pero no solo rastreaba ciclones, también anotaba los cambios de temperatura de cada día, como da crédito la portada del ejemplar de la novela “Cumbres Borrascosas”, de Emily Brontë, que se encuentra en la biblioteca de Finca Vigía, donde se puede apreciar esta curiosidad.

Los ciclones, que muchas veces se convierten en huracanes, y que cada año amenazan más y son más poderosos, aunque no pasen por Cuba nos reafirman que no queda más remedio que esperar por los ciclones cada año, y soñar con los desaparecidos temporales,  muchas veces abordados en la narrativa cubana. No es que nos volvamos cazadores de ciclones empíricos como quizás fuera Hemingway, que estaba bien claro de que el ciclón siente una especial predilección por esta tierra, que es la llave del Golfo y por eso está en el justo medio de su camino.

En 1955 Hemingway se encontraba en los preparativos de la filmación de "El viejo y el mar", aunque no esperaba mucho de ella, razón que tuvo, pues el cine nunca pudo reflejar con fidelidad la profundidad de sus obras, mientras que el 12 de septiembre informan por radio que el ciclón Hilda, que amenazaba azotar a la Isla, se acercaba a La Habana. En otros tiempo se entusiasmaba con estas demostraciones de la naturaleza, pero en ese momento no se alegró. Pasó ese ciclón y en septiembre otro meteoro con nombre de mujer, Ione, hizo un desastre mayor que el anterior y eso trajo sus consecuencias para su casa.

Hemingway pensó, después del paso de los ciclones, que los cimientos de la finca La Vigía no tenían más de cien años, en cambio, la ceiba que crece a un lado tenía más de doscientos y había resistido decenas de ciclones. Una vez quisieron cortar sus raíces, las que habían levantado parte del piso, lo que achacaron a los ciclones que habían pasado y Papa se negó porque esa Ceiba representaba la resistencia. Tal es así que años después del disparo funesto que acabara con su vida, en La Vigía todo se mantiene, menos la ceiba, la que se seca cada año.  La ceiba se muere igual que el que la reconoció como vencedora de huracanes.


Matamoros y los ciclones

En 1930 el Trío Matamoros se encontraba en Santo Domingo precisamente en los días en que tomó posesión de la Presidencia Rafael Leónidas Trujillo. Aparte de ese acontecimiento, allí los sorprendió el ciclón San Zenón, justo dos días de la fecha en que pensaban regresar a Cuba.

Ese día del ciclón amaneció lloviendo muchísimo y violentos vientos y nadie se atrevía a salir a la calle, pero Miguel les dijo a Siro y Cueto que iba a salir, pero no pudo,  por mucho que trató. Ese nefasto ciclón causó más de cuatro mil muertos y veinte mil heridos.

Ese impacto tan fuerte motivó a Matamoros a componer ese Son que se llama "El Trío y el Ciclón".  Es procedente detallar el texto de esa canción, según veremos:

“En una tarde de inquietud / Quisqueya vióse de pronto de pavor sumida.

Reinaba allí la lluvia, la centella,
y la mar por doquiera embravecida./ Horas después quiso la aciaga suerte /sólo dejar desolación, gemido, /el imperio macabro de la muerte / sobre el pueblo entero destruido / Cada vez que me acuerdo del ciclón / se me enferma el corazón.

Cada vez que me acuerdo del ciclón / se me enferma el corazón.

Cada vez que me acuerdo del ciclón / se me enferma el corazón.

Ayy, espiritistas inciertos / que muchos hay por allá... / Ayy, espiritistas inciertos, / que muchos hay por allá, / porfiaban con terquedad / que los del Trío habían muerto / Cada vez que me acuerdo del ciclón / se me enferma el corazón.

Cada vez que me acuerdo del ciclón / se me enferma el corazón.

Cada vez que me acuerdo del ciclón / se me enferma el corazón.

Ayy, esto fue lo más sabroso: / que el Trío en un aeroplano... / Esto fue lo más sabroso: / que el Trío en un aeroplano / volviera a suelo cubano / para seguir venturoso.

Cada vez que me acuerdo del ciclón / se me enferma el corazón.

Cada vez que me acuerdo del ciclón / se me enferma el corazón.”

Miles de veces hemos escuchado este estribillo, pero quizás muchos, como yo, no tenían ni idea de donde surgió la inspiración.


Las bajas extratropicales, frentes fríos y sus inundaciones.

Un ciclón es mucho más que la furia del agua y el viento desatada con tal fuerza que arranca los postes de alta tensión mejor anclados; hace volar a las personas que no están a cobijo, arranca tejados, levanta sembrados y arruina todo lo que encuentra a su paso.

Pero no son ellos los únicos causantes de grandes desastres en Cuba, también están las Bajas Extratropicales, que afectan sobre todo a la capital y otros lugares determinados del país.

Por su configuración físico geográfica y la existencia de zonas bajas en gran parte de ambos litorales siempre Cuba ha estado expuesta a la ocurrencia de inundaciones costeras por entrada del mar.

Los tramos del país donde el acoso del mar es más frecuente incluyen el malecón habanero, las costas del Golfo de Batabanó, la zona comprendida entre Gibara y Guardalavaca, de Punta María Aguilar a Cabo Cruz, y el malecón de Baracoa.

Y estas inundaciones son causadas por diferentes situaciones meteorológicas como los huracanes, frentes fríos, la presencia de fuertes vientos de región sur, y las combinaciones de sistemas de altas y bajas presiones.


Ejemplo famoso de esas inundaciones costeras severas se debieron al efecto de la marea de tormenta o surgencia provocada por los huracanes del 9 de noviembre de 1932 donde el agua  barrió con el poblado de Santa Cruz del Sur y el del 18 de octubre de 1944, ocasión en la cual el mar penetró hasta diez kilómetros tierra adentro en las localidades de Guanímar y el Cajío, en la entonces costa sur de La Habana.


Durante los siglos XVI al XVIII no aparecen referencias sobre inundaciones costeras en la capital, seguramente porque  La Habana nació y creció protegida alrededor de su bahía, pero tras el proceso de expansión de la ciudad fuera de sus murallas, se pobló un territorio con litoral muy vulnerable a estos fenómenos.

Hay que destacar que los frentes fríos, mucho más fuertes y seguidos que en la actualidad, también provocan el avance de las aguas marinas y sus efectos. Por esa causa son famosas las inundaciones costeras del 12 de enero de 1908, del 2 de febrero de 1917 y del 27 de febrero de 1952, las tres con impacto destructivo.

Vamos a abordar algunos de estos eventos y lo que representaron.


La gran marejada en el Malecón, baja extratropical del 2 al 4 de enero de 1958.

Esta baja surgió en el noroeste del Mar Caribe occidental, se estructuró en las cercanías de Cabo Catoche,Yucatán. Avanzó al estenordeste cruzando sobre las regiones occidental y central de Cuba, penetrando al final de la tarde del día 2 entre Isla de Pinos y la costa sur de La Habana.  La combinación de la baja y el anticiclón continental causó vientos fuertes sostenidos de hasta 113 kilómetros por hora, acompañada de lluvias torrenciales que afectaron los cultivos, desbordaron los ríos y hubo afectaciones a la electricidad.  Y como es usual en estos eventos, se produjo una gran inundación costera por la penetración del mar a lo largo del litoral de la ciudad de La Habana, con olas de 4 a 5 metros de altura causando naufragios, heridos y grandes pérdidas materiales.

Baja del 16 de marzo de 1983
Una impresionante y extensa área de nublados produjo un brote de tormentas locales severas sobre la región occidental de Cuba con siete tornados en la provincia de Pinar del Río, cifra sin
precedentes, uno de ellos con vientos máximos estimados en 320 kilómetros por hora en el Mariel.  

Esta baja fue también la causa principal de que se registraran fuertes vientos de región sur (en la época conocida en Cuba como vientos de cuaresma) los que alcanzaron velocidades entre cerca de cien kilómetros por hora, los que provocaron grandes penetraciones del mar que afectaron el interior del Túnel de la Bahía de La Habana y en localidades habaneros como Santa Fé el mar barrió con todo.


Otros frentes fríos y bajas

Desde  29 de octubre de 1985 y durante tres días se producen severas penetraciones del mar en distintas zonas del litoral habanero, afectando nuevamente al Túnel de la Bahía.

El día 4  febrero de 1992 una baja emergió desde México hacia el noroeste del golfo, y se  desarrolló por delante del frente frío. Aunque se situó en la desembocadura del río Mississippi,  la banda prefrontal había comenzado a afectar el territorio nacional con fuertes lluvias a intervalos, las que alcanzaron rango de severidad y con fuertes marejadas., las que afectaron con trenes de olas desde Pinar del Río hasta Matanzas y sobre todo en el Malecón Habanero. Por tercera vez en los últimos 10 años el Túnel de la Bahía de La Habana quedó completamente sellado por las aguas.

Prácticamente todos los años  hay inundaciones costeras en el malecón de La Habana, los que conllevan afectaciones materiales y evacuación de miles de personas.


Pero la baja extratropical más famosa ha sido la “Tormenta del Siglo”

Se considera por los meteorólogos la tormenta más devastadora jamás registrada y
comenzó como un área de baja presión frente a la costa de Texas el 12 de marzo de 1993,
generando once tornados en Florida y cubrió con más de 80 centímetros de nieve a las Carolinas.

La tormenta tenía una presión central comparable con la existente en los huracanes de categoría 3. Extensas áreas se cubrieron de más de un metro de nieve. Olas masivas de hasta 20 metros se produjeron en el Océano Atlántico frente a la costa de Nueva Escocia, Canadá y las velocidades del viento llegaron a más de 160 kilómetros por hora.  La tormenta dejó alrededor de 300 muertes y miles de millones de dólares por daños por lo que se clasificó como la tormenta de invierno más impactante que golpeó el noreste en la historia.

Han existido otras tormentas, como la del Miércoles de Ceniza de 1962 y la de Nueva Inglaterra de 1978 pero la del Siglo,  por su tamaño y fuerza, ostenta el récord negativo en cuanto a cantidad de personas afectadas, superior a 140 millones.  La tormenta acabó con la vida de más de 300 personas desde Cuba a Estados Unidos y Canadá e incluye cuatro docenas de vidas perdidas en el mar debido a las olas masivas y

La tormenta del siglo quizás no fue la peor que haya sufrido Cuba, pero pasó en el peor momento: el momento más crítico del llamado Período Especial.

En la noche del 12 al 13 de marzo de 1993, llegué de noche a mi casa porque en ese entonces el transporte por ómnibus era caótico (sigue el caos todavía, pero no al extremo de esos momentos) y mi salvación era tomar un tren de un solo vagón que hacía el recorrido entre el Cerro y San Antonio de los Baños y que me dejaba en la entrada del Reparto Fontanar en Boyeros, donde vivía.  Como era usual y sigue siendo usual en Cuba, no hay horarios que se cumplan, así que el viaje fue bastante demorado.  

Ya desde que tomé el tren el cielo estaba de un color rojizo nada normal. Poco después de llegar a la casa, bañarme y comer, nos fuimos a dormir.  De pronto sentimos un viento espeluznante, un ruido como si golpearan la puerta y las ventanas repetidamente, como el redoble de un tambor y comenzó una lluvia copiosa.

Había llegado la Tormenta del Siglo, que dejó a su paso un rastro de destrucción indescriptible, en toda La Habana, en momentos en que era deficitaria la electricidad, la comida, el transporte y todo lo necesario.  Ese era el “Período especial en tiempo de paz”, un eufemismo para tratar de reflejar el daño causado porque el pueblo de las repúblicas que componían la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas no quisieron seguir bajo ese régimen y a Cuba se le acabó la teta de la vaca de la que había estado mamando por 30 años

Al amanecer parecía que se había aplacado la tormenta, pero ya en la tarde las olas comenzaron a mostrar la segunda parte de la tragedia, ahora sobre la costa. El fuerte viento era muy frío y las olas espantosas.

El mar penetró por las calles, inundando barrios, túneles y garajes, destruyendo muros y edificios. No fue la mayor tormenta que azotara a La Habana en el siglo XX, no llegaron al rango meteorológico de los ciclones de 1926 y 1944 y en pérdidas humanos no se acercó al de 1933 en Santa Cruz ni al Flora de 1963 y ni siquiera a la mítica Tormenta de San Francisco de 1846.   

Pero en los momentos de la llamada Tormenta del Siglo Cuba sufría la peor crisis económica y social de su historia. No existen datos fiables de la destrucción causada o de la pérdida de vidas humanas, no convenía sumar estas cifras tan tristes a la ya deprimida vida del cubano en ese instante.

Pero los que la vivimos, no la hemos olvidado.

Stephen King, el prolífico escritor de narraciones de terror, escribió una novela llamada “La Tormenta del Siglo”,  donde un terrorífico personaje aparece misteriosamente en una pequeña isla de la costa de Maine y de la que nadie puede salir porque se acerca una violenta tormenta.  Todo el terror que puede haber en el libro y en la película que de ella hicieron, son nada comparada con lo que tuvieron que vivir los cubanos por la inoportuna tormenta.


Octubre: el mes fatal

El citado mes atesora, históricamente, la mayor cantidad de huracanes que han azotado a Cu­ba dentro de la temporada ciclónica desde 1800 a la fecha.

Cuando Cristóbal Colón expresó que la isla de Cuba era la tierra más hermosa que ojos humanos hubieran visto, no conocía que por allí pasaban horribles  tormentas. Su rápido viaje de España al nuevo continente fue ayudado por los vientos alisios y no se encontró con un temporal de este tipo.

Sabemos que todas las historias son contadas desde el punto de vista de los vencedores. Y eso ha ocurrido con el descubrimiento de América. La iglesia católica estuvo presente desde el inicio de la colonización, dando su bendición a las atrocidades cometidas contra los indígenas en el nombre de Dios y por su conversión a esa religión.

Fray Bartolomé de las Casas escribió: "Nuestro trabajo fue matar, aniquilar y destruir. Con razón algunos de ellos trataron de matarnos. El Almirante a cargo quería complacer tanto a los reyes que cometió crímenes irreparables contra los indios". La conquista llegó de la mano de la iglesia y el llamado proceso de "civilizarlos" trajo consigo su muerte y destrucción escudada en esa civilización. La forma de vida de los primeros pobladores de estas tierras cambió para siempre y nunca volvió a ser la misma, por lo que se puede afirmar que menos daño hicieron los ciclones, o los más fieros huracanes durante siglos,  que los conquistadores españoles, que en el caso de Cuba y todas las islas del Caribe, hicieron desaparecer por completo a los habitantes autóctonos de ellas.

Los primitivos taínos gritaban " Huracán " para designar cualquier fenómeno de viento y lluvia al menos así lo hizo notar el fraile dominico español Bartolomé de las Casas, sin saber que tal palabra sería representativa de terror para las posteriores generaciones, las que heredaron la más hermosa tierra que ojos humanos habían visto.

Pero aparte de ser Octubre el mes con mayor cantidad de ciclones también se refiere a la cantidad más elevada de los clasificados como intensos, de ahí su mal ganada fama de mes de los grandes huracanes y por ello se considera el más peligroso y temido de esa etapa comprendida entre el primero de junio y el 30 de noviembre.

Regularmente los ciclones en este mes se forman en el mar Caribe occidental y tienden a moverse hacia el noroeste y el norte, de ahí que representan una seria amenaza para las parte occidental de Cuba, la más azotada en el décimo mes del calendario. A ello se le suma que también su velocidad de traslación es menor, lo que implica que esté más días cogiendo fuerza en el mar, lo que los hace más destructivos.

Veamos algunos de esos huracanes de Octubre.

Las Tormentas de los San Francisco.

La Tormenta de San Francisco de Asís. Octubre 4-5 de 1844 con Categoría 4.

Con categoría 4, este huracán se comportó  fuerte y terrible después de una larga sequía.  Los árboles fueron totalmente derribados, todos los buques de la armada que se encontraban en la Bahía fueron dañados, desde capital hasta Cárdenas todos los pueblos quedaron casi totalmente demolidos al igual que las plantaciones de caña. En Batabanó el viento sopló tan fuerte que una embarcación fue arrastrada trescientos metros tierra adentro. En total las pérdidas fueron cuantiosas, pero lo peor es que hubo más de un centenar de muertos.

Dos años después aparece la Tormenta de San Francisco de Borja. Octubre 10 y 11 de 1846 con Categoría 5.

Este sorpresivo huracán de categoría 5 se originó al sur de Jamaica en los primeros días del mes de octubre, penetró en Cuba por el este y cerca de Batabanó, y el día 11 La Habana sufrió los vientos más intensos de el más terrible huracán que hubiera conocido hasta entonces.

Los daños ocurridos son propios de tormentas de la mayor intensidad, categoría 5 de la escala Saffir- Simpson, y se estimó que el viento tuvo un valor aproximado de 255 kilómetros por hora.
Al salir el centro del huracán hacia el Estrecho de La Florida, los fuertes vientos lanzaron sobre el litoral y la boca del puerto extraordinarias marejadas que provocaron severas inundaciones costeras en la Ciudad  Los daños fueron extraordinarios. Fueron derribadas aproximadamente el 25 por ciento de las casas existentes en intramuros y dañadas prácticamente todas las restantes.  Se perdieron o sufrieron daños de consideración en La Habana, Matanzas, Mariel, Batabanó, Cabañas y Cárdenas y un total de 235 buques.

Y lo peor,  hubo 114 muertos y 76 heridos, cuando la Ciudad tenía una población de ciento setenta mil habitantes.  Los Santos como San Francisco no son bienvenidos en Cuba, y mucho menos en el mes de Octubre.


La Tormenta de la Escarcha Salitrosa". Octubre 24-26 de 1810. (Categoría 3).

Este simpático nombre se debe que las olas del mar, dando en la costa y en las murallas de la ciudad, eran arrebatadas por el viento y esparcidas a largas distancias en la tierra.
Llovió durante doce días después de la tormenta y en la bahía más de 70 buques se fueron a pique.

Una crónica dice que:  “Las olas destrozaron la calzada de San Lázaro, dejándola intransitable y penetraron en la cueva de Taganana..... El mar rebosó en términos que entró en el hospital de San Lázaro, cubrió todo el camino que va a la Chorrera". En la mañana del día 26 se observó "recalar a la boca del puerto una gruesa mar del norte que salvaba las fortalezas que lo guarnecen con más de ocho varas sobre las astas de banderas".

Asegura la leyenda que una de las cuevas bajo la loma de Taganana sirvió de albergue a un indio cubano del mismo nombre que huía de sus perseguidores españoles.  Está ubicada en el saliente costero casi a un extremo de la caleta de San Lázaro y en esta elevación estratégica fue instalada a mediados del siglo XIX la llamada batería de cañones de Santa Clara. Quizás todo esto no nos diga nada hasta que aclaremos que está situada justo debajo del Hotel Nacional de La Habana.  El Hotel Nacional de Cuba cuenta con el Salón Taganana para eventos y convenciones y en Calzada y 15, a pocos metros del malecón está el Servicentro Taganana, así que el indio dejó su huella.


El Huracán de los Cinco Días". Octubre 14-17 de 1910. (Categoría 3).

Este desastroso huracán que tuvo como característica singular el haber descrito un lazo en los mares al noroeste y cerca de Pinar del Río.  El huracán no cruzó directamente sobre el territorio de las provincias habaneras; pero sus efectos se sintieron durante una semana. En el Observatorio Nacional se midió una racha máxima de 209 Km/h, a pesar de la distancia a que se encontraba el centro del huracán, por lo que los más fuertes debieron sentirse en la porción más occidental de La Habana.

Los daños causados en toda la provincia occidental, como en mucha parte de La Habana, fueron sido grandes y muy sensibles desgracias personales, tanto en el mar por los naufragios ocurridos, como en tierra por efecto de las inundaciones y por el desbordamiento de los ríos, derrumbamientos de casas, destrucción de puentes,siembras y crías de ganado y aves.

Fueron notables las inundaciones de la capital el barrio de San Lázaro y el Prado, por la enorme cantidad de agua que arrojaban las olas sobre los muros del malecón, no siendo menos el desbordamiento en el litoral del Vedado y Millás estimó el viento máximo entre 230 y 250 Kilómetros por hora, con rachas superiores y las lluvias fueron extensas y torrenciales y con una característica: la lluvia era salada.

En Batabanó el nivel de las aguas subió 3 metros.  Este huracán ocasionó una inmensa destrucción y la capital quedó totalmente incomunicada, sin luz, ni agua, ni teléfonos, con los caminos interrumpidos. En la Bahía muchos barcos quedaron al garete y luego fueron lanzados sobre la costa. Las muertes se estiman en 600 y hubo miles de heridos.

El Huracán de 1944". Octubre 18 de 1944. (Categoría 4).
Ya vimos que este estuvo asociado a la asunción a la presidencia por parte de Ramón Grau y este es uno de los dos huracanes más intensos que han azotado a las provincias de Ciudad de La Habana y La Habana en el presente siglo. El huracán cogió a Cuba por dos lugares, por donde pasó el meteoro y en la presidencia, ya que en su mandato creció la corrupción administrativa y el gangsterismo hasta límites insospechados.


El ciclón Flora. 3 de Octubre de 1963. Categoría 4.

El Flora ha sido catalogado como la segunda mayor catástrofe registrada en la isla de Cuba. Se movió por toda la región oriental de la Isla; hizo un lazo sobre las actuales provincias de Las Tunas, Granma, Holguín y Camagüey. Las torrenciales lluvias asociadas a él causaron inundaciones nunca antes vistas y provocaron la muerte de aproximadamente dos mil personas y graves daños materiales.

Con vientos de hasta 233 kilómetros por hora, tuvo una errática y lenta trayectoria que lo llevó primero al norte de Oriente, luego al sur, este, de nuevo oeste, al golfo de Guacanayabo, entra de nuevo en tierra cubana, cerca de Santa Cruz del Sur y enrumba al nordeste, hacia las hoy provincias de Las Tunas y Holguín.

Llovió Intensamente durante 110 horas consecutivas, cayendo un promedio de dos mil milímetros, aunque Santiago de Cuba por esos días recibe dos mil 500 ( el promedio de precipitación anual es de unos 1320 milímetros) . Los ríos se desbordaron, de la Sierra bajaba un mar de lodo, los valles se convirtieron en océanos. Aparecieron personas enganchadas en los árboles, en los palos de las cercas, dondequiera aparecía gente muerta.

Se puede decir que este desastre fue un punto de inflexión, pues a partir de ahí se toman las medidas que garanticen la preparación para enfrentar a ciclones con la menor pérdida de vidas posible.

En estos momentos en que ha azotado a Cuba el huracán Irma, que seguramente será uno de los más desastrosos, se puede considerar que es una suerte estar viviendo en Cuba, donde la Defensa Civil tiene protocolos preestablecidos que no dejan espacio a la improvisación y cada ciudadano sabe qué hacer en medio de estas emergencias, todo ello con medidas tan eficientes como las que se aplican en los Estados Unidos.

Siempre pienso en los infelices que viven en condiciones de extrema pobreza, donde no solo no hay mecanismos de aviso eficientes sino tampoco de preservación de las vidas y de recuperación, lo que trae consigo miles de muertos ante el menor viento fuerte, u otro tipo de catástrofe, tal y como ocurre en Haití, México, Guatemala, El Salvador, Honduras y otros países latinoamericanos, donde estos desastres lo único que hacen es agravar la triste situación en que viven la mayoría de sus habitantes.

Una nación que no escatima recurso para evitar pérdidas de vidas, en la que decenas de miles de personas abren sus casas a quienes lo necesitan, donde las instalaciones públicas sirven de refugio y todo el transporte se pone al servicio de la evacuación, tiene ante sí el reto de reparar o reponer los daños materiales, pero preserva la vida que es lo más valioso.  Hay que ser justos y reconocer que esto en Cuba es un logro impresionante.

Ojalá que ese sistema de protección civil sea una de las cosas que permanezcan en el tiempo, porque son de las pocas cosas de la que los cubanos podemos sentirnos orgullosos.

Pero como siempre, van a existir los que no hacen caso a nada y viven constantemente en indisciplina social, que van a desafiar el peligro y van a morir, muchos de ellos por dedicarse a una práctica que se ha hecho famosa en Cuba: saquear los comercios donde el viento o las inundaciones han afectado su seguridad, o hasta rompen ventanas y puertas, lo importante es su actividad delictiva, pues su medio de vida, el que les enseñó y les permite la revolución en el poder, es vivir sin trabajar.


Para mi ha sido verdaderamente vergonzoso ver en grabaciones en las inmediaciones del Parque Maceo a decenas de personas, con el agua al cuello robando en las instalaciones, lo mismo en una bodega con su pobre mercancía que un establecimientos de artículos que se venden en divisas, hasta en un mercado agropecuario, y da pena ver a una idiota haciendo gala ante las cámaras de su botín: una caja de latas de malta.

Y también acabo de ver como tras el paso de Irma por la Florida, en Fort Lauderdale un grupo de personas rompió las ventanas y saqueó una tienda de artículos, calzado y ropa deportiva. Después escuché la noticia de que había sido detenidos por vandalismo y seguramente irán a la cárcel. En Cuba a nadie le importa el acto vandálico si éste ha sido contra una propiedad estatal, y si es contra una casa particular tampoco, así que aunque los hayan grabado no les pasará nada.


Cómo se avisaban los ciclones históricamente

Decía José Martí: “Los peligros no han de verse cuando se les tiene encima, sino cuando se pueden evitar.”

La Isla de Cuba y la de la Juventud o de Pinos tienen en conjunto (sin contar los cayos) un total de 6074 kilómetros de costa. Eso hace muy difícil el evitar el impacto de los ciclones. Si a eso le sumamos lo poco previsor que es el cubano, tenemos un problema que no se resuelve con avisos.

El pregón en Cuba siempre, desde épocas coloniales,  fue el arte de anunciar mercancías en voz alta en lugares públicos, con humor, elegancia y seducción, una tradición que refleja una riqueza poética y musical de nuestro pueblo.  Son cientos los ejemplos, empezando por su recreación en la  popular canción “el manisero”.

Pero estos pregones eran para vender algo u ofrecer un servicio, los que nos interesa ahora son los llamados serenos que cumplian otra función de carácter eminentemente social.

Antiguamente el alumbrado de las calles y plazas estaba a cargo de los vecinos, quienes cuidaban de encender, limpiar y conservar los faroles y en 1765 se estableció una disposición oficial, disponiéndose la iluminación por parte de personas encargadas de ello y en 1778 se crearon los serenos, uniendo este ramo con el de alumbrado.

El sereno era el encargado nocturno de vigilar las calles y regular el alumbrado público y, en determinadas ciudades o barrios, de abrir las puertas, como era el caso de la Muralla de La Habana. También solían anunciar la hora y las variaciones atmosféricas así como avisar de un incendio y prestar auxilio a todo aquel que lo necesitara. En algunos lugares se llamaban unos a otros por medio del silbato que llevaban o voceando contraseñas, por lo que pueden considerarse una especie de policías.

Yo me río en México, donde vivo, y ante la incontenible ola de delincuencia, robos, asaltos, extorsiones, secuestros y cualquier acto delictivo, los que gozan de absoluta impunidad, los vecinos han tenido que hacer una especie de pacto tipo comité de defensa de la revolución pero sin visos políticos y unirse para poner iluminación especial, constante comunicación telefónica móvil entre los vecinos y un sereno (aquí le llaman veladores) a toda hora, todo lo cual se sufraga a costa de los que allí viven, pero lo sorprendente es que parece que la costumbre colonial se mantiene y los serenos, cuando pasan, a pie, en bicicleta o en moto, suenan incesantemente un silbato.  No se si para que sepamos que andan vigilando o para espantar a los ladrones.  Es igual que las patrullas de la policía, la cual siempre andan con todas sus luces encendidas y flasheando, día y noche, por lo que los delincuentes se ponen a buen recaudo y difícilmente los capturen.

Este oficio ya desapareció, pero en España ha quedado en el recuerdo consignas del tipo ¡Las doce en punto y sereno!, cantadas a medianoche por los serenos de algunas ciudades o anuncios meteorológicos como ¡Las dos y nublado! o ¡Las cinco y media y nevando!.

Este era el sistema de aviso que había ante un ciclón, por lo que lo más probable es que el sereno se enterara a la vez que los vecinos de su llegada.

Y no puedo evitar que me venga a la mente la canción de Juan Legido:

"—¡Sereno!
—¡Va!
—Sereno, ábreme esa puerta
que viene el día.
—¡Sereno!
—¡Va!
—Sereno, a ver si te quitas de la bebida—.

¡Ay, sereno ven; ay, sereno va!
Mira, mira que me quiero acostar.
¡Ay, sereno ven; ay, sereno va!
Porque son las tres de la madrugá."

Habrán matado a los indios y nos habrán impuesto el catolicismo, pero nos han dejado una herencia de la que uno no puede negar y que sale a flor en todo momento.

Años después, en las ciudades la información más directa quedaba en manos del policía del barrio, que a voces y a golpes de silbato  y del palo o bastón que portaba, anunciaba la proximidad de un ciclón.

Y en La Habana de principios del siglo XX el policía de a caballo, envuelto en una capa negra, iba deteniéndose en cada esquina y, luego de hacer sonar su pito desaforadamente, gritaba: ¡Ciclón! ¡Ciclón!

La gente salía disparada para la ferretería a comprar puntillas y tablas con las que asegurar puertas y ventanas y a la bodega para acopiar los víveres que pudiera consumir en días, así  combustible y velas.  Pero a veces este aviso primitivo no daba tiempo a prepararse y el huracán aparecía tan rápidamente que existía el peligro de que el viento y el agua acabaran con los vecinos y con el propio policía.

Cuenta el escritor y humorista Enrique Núñez Rodríguez, que en los años treinta, en su pueblo Sagua la Grande, su padre, encargado del correo, era el encargado de anunciar los ciclones , ya que era quien recibía el telegrama del Observatorio Nacional, con el parte diario del estado del tiempo.

Su obligación era comunicarlo al ayuntamiento y de acuerdo con la gravedad del asunto y se izaban en el ayuntamiento banderas de distintos colores que indicaban a la población las fases de información, alerta y alarma ciclónica.

Posteriormente se popularizaron los nombres del Padre Goberna y del no menos famoso Millás, Capitán de Corbeta.  Como es lógico,  por la tecnología disponible en esos tiempos, en varias ocasiones los pronósticos no se correspondieron con la trayectoria del ciclón, y perdieron credibilidad como meteorólogos.

Eso hizo que en vez de tomar las precauciones para el paso del huracán la gente decía al ver flotar en el ayuntamiento la bandera roja del máximo peligro: "Eso es mentira de Tito el del correo".  Y se acostaron a dormir tranquilamente sin asegurar las puertas y ventanas como era lo indicado. Los techos de las casas volaron en horas de la madrugada y al día siguiente faltaban varias casas en el pueblo. Sólo después de lo ocurrido comenzaron a creer en Tito y en las indicaciones de las banderas.

Pero los cuentos de Alvarez Guedes, donde el cubano no le hace mucho caso a los partes del estado del tiempo, mantienen toda su vigencia, aunque exista el nivel de información tan abrumante que caracteriza a las sociedades contemporáneas.


El final del ciclón.

Este artículo está hace tiempo dentro de los esbozos de temas que voy escribiendo para después abordarlos con mayor profundidad, revisarlos y publicarlos, pero la llegada del monstruoso y peligroso huracán Irma, me indujo a escribir éste y priorizarlo.

Todos esperan con ansias que el ciclón pase y que a pesar de que deje un rastro indeseable, ese se convierte en un momento en que todos nos trazamos un nuevo comienzo, y nos dedicamos a reparar los daños materiales, a recuperar lo perdido (y no voy a decir y avanzar mucho más porque con esa cantaleta nos han tenido dormidos a los cubanos por más de medio siglo y no se ha avanzado nada, todo lo contrario, vamos hacia atrás como el cangrejo) y sobre todo restañar los daños psicológicos.

Esto es aplicable a un ciclón, huracán, tornado, tormenta extratropical, frente frío fuerte  u otro fenómeno de la naturaleza que pueda afectarnos, pero también lo refiero a otro tipo de ciclones, en particular a uno que nos ha azotado durante casi 60 años y no acaba de desaparecer.
Este ciclón, es como una especie de maldición que le ha caído al cubano y no tiene fin.

De unos tiene la culpa la naturaleza y sobre todo el cambio climático, del otro, del que nos azota sin pausa, tenemos la culpa los propios cubanos, con todo lo triste y fuerte que es este razonamiento y del cual no me excluyo.  Hemos optado por “evacuarnos” fuera de Cuba y no afrontar ese huracán que no cesa.  Y tanto los que estamos fuera como la mayoría de los que quedan en Cuba piensan que es la mejor solución.  Es casi como acabar nuevamente con los indígenas tal y como hicieron los españoles.


Bonus

Bonus es una palabra inglesa que proviene del latín, y que quiere decir "bueno". Su definición más acertada es para describir una cantidad de dinero que se concede como suplemento o adicional al pago principal a modo de incentivo por haberse alcanzado determinados objetivos.

Esta palabra se usa mucho ahora sobre todo como bonificación y en particular en términos de música grabada, y se le nombra así a una o más piezas musicales adicionales a las que originalmente tiene un álbum, ya sea como premio o con fines promocionales.

Entonces voy a asignar un bonus a este artículo, y es nada menos que algunos fragmentos o poemas enteros de famosos escritores que han abordado el tema o pinceladas de cómo la cultura en general ha abordado el tema,  y que no son poca cosa.

Gustavo Adolfo Bécquer

Tras la muerte de Gustavo Adolfo Bécquer, sus amigos se reunieron para iniciar los trabajos de publicación de las obras del poeta, que verían la luz en dos volúmenes y en general, las ediciones posteriores de las “Rimas y Leyendas”  se basan en esa primera edición, donde se organizaron los poemas teniendo en cuenta su temática. Esta es una de las obras más universales del poeta.

Rimas
Tú eras el huracán y yo la alta...
Gustavo Adolfo Bécquer
XLI
“Tú eras el huracán y yo la alta
torre que desafía su poder:
¡tenías que estrellarte o que abatirme!...
¡No pudo ser!
Tú eras el océano y yo la enhiesta
roca que firme aguarda su vaivén:
¡tenías que romperte o que arrancarme!...
¡No pudo ser!
Hermosa tú, yo altivo: acostumbrados
uno a arrollar, el otro a no ceder;
la senda estrecha, inevitable el choque...
¡No pudo ser!

Pablo Neruda, el gran poeta chileno, considerado entre los más destacados e influyentes artistas de su siglo pasado y catalogado por Gabriel García Márquez como "el más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma", cosa con la que coincido, en muchos poemas abordó el tema de los huracanes, pero su obra "Canto General" nos ofrece uno hermoso.

"Canto General" se considera épica, ya que su canto está dirigido a la naturaleza e historia entera del continente americano, es catalogada como monumental y la de mayor amplitud temática y síntesis americanista que se haya realizado.


Pablo Neruda, fragmento de "Minerales" de Canto General.

"Corrí por los ciclones al peligro
y descendí a la luz de 1a esmeralda,
ascendí al pámpano de los rubíes,
pero callé para siempre en la estatua
del nitrato extendido en el desierto.
Vi cómo en la ceniza
del huesoso altiplano
levantaba el estaño
sus corales ramajes de veneno
hasta extender como una selva
la niebla equinoccial, hasta cubrir el sello
de nuestras cereales monarquías."

Neruda tenía sólo 19 años de edad cuando se publicó el libro “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” en el año 1924. De ahí, entre tantos poemas inmortales, seleccionamos el número 5,  temas principales del poema “5” son la comunicación, incomunicación y el distanciamiento y muestra de manera trágica uno de sus amores adolescentes.  ¿Habrá alguien que no se haya emocionado con este libro?


                             5

“PARA que tú me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas.

Collar, cascabel ebrio
para tus manos suaves como las uvas.

Y las miro lejanas mis palabras.
Más que mías son tuyas.
Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.

Ellas trepan así por las paredes húmedas.
Eres tú la culpable de este juego sangriento.

Ellas están huyendo de mi guarida oscura.
Todo lo llenas tú, todo lo llenas.

Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,
y están acostumbradas más que tú a mi tristeza.

Ahora quiero que digan lo que quiero decirte
para que tú las oigas como quiero que me oigas.

El viento de la angustia aún las suele arrastrar.
Huracanes de sueños aún a veces las tumban.
Escuchas otras voces en mi voz dolorida.
Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas.
Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme.
Sígueme, compañera, en esa ola de angustia.

Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.

Voy haciendo de todas un collar infinito
para tus blancas manos, suaves como las uvas.”

Pérez Botija y José José.

El maestro Rafael Pérez Botija es uno de los compositores que posibilitó el surgimiento de múltiples estrellas del ámbito musical latinoamericano, en particular en México José José, Dulce, Rocío Durcal o Lucero, deben mucho de su fama a las emotivas composiciones de este compositor vasco entre las que están Me basta, Preso, Desesperado, Mi vida, Soy así, Gavilan o paloma, La Gata bajo la lluvia, y Volcán.

Todo parece que el cantante que mejor supo interpretar el talento musical de Pérez Botija, fue el extraordinario baladista mexicano José José, y para ello vamos a abordar el tema con su inigualable "Volcán"

"Yo que fui tormenta, yo que fui tornado,
Yo que fui volcan, soy un volcan apagado.
Porque tu volaste de mi nido,
Porque tu volaste de mi lado,
Yo que fui tormenta, yo que fui tornado,
Yo que fui volcan, soy un volcan apagado."

Sindo Garay

El cantautor santiaguero Sindo Garay se inspiró en la resistencia de los cubanos a la adversidad del ciclón en tanto fenómeno meteorológico típico del Caribe, para crear su canción
El autor de clásicos del cancionero cubano como Mujer bayamesa, Guarina, La tarde, Perla marina, Retorna y Ojos de Sirena creó El huracán y la palma, en la cual se habla del paisaje típico cubano sometido a la furia de los vientos, pieza que por desgracia yace casi en el olvido junto a este mítico trovador.

“Silbaron los pinos, auxilio siniestro,

los cedros tranquilos esperan dolor,

la ceiba frondosa temblando sonríe,

la yerba en el llano,

sumisa a morir.

Pero hay una palma,

que Dios solamente

le dijo al cubano

cultiva su honor.

Que erguida y valiente

con blanco capullo,

que sirve de espada

doblada hacia el suelo,

besando la tierra

batió el huracán”.


Gabriel García Márquez y realismo mágico

En varias de sus novelas aborda el tema de los ciclones, pero toda la esencia de una tormenta parece estar en las páginas del relato "Isabel viendo llover en Macondo", de Gabriel García Márquez, escrito en 1955 y que narra: “Llovió durante todo el lunes, como el domingo. Pero entonces parecía como si estuviera lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi corazón. Al atardecer dijo una voz junto a mi asiento: ‘Es aburridora esta lluvia’.”
Y no hay que olvidar a Cien Años de Soledad con Macondo. El pueblo donde podía estar lloviendo días enteros en diluvios tales que solamente salidos de la pluma del maestro García Marquez nos parecen reales.


Enrique Colina y 24 por segundo

Este Director y crítico de cine cubano, cuya labor principal dentro del cine cubano ha sido en la realización de documentales, creador de la magistral "Entre Ciclones" y de una labor como crítico de cine que comenzó en el año 1968, siendo conductor por muchos años de un programa sobre cine transmitido en Cuba llamado 24 x Segundo y que contó con mucha aceptación y que aún hoy se extraña.

Entre ciclones demuestra, desde la comedia amarga, la resistencia de los cubanos a los desastres naturales y de otros tipos.


Alejo Carpentier

El culto escritor cubano abordó en una de sus obras magistrales el tema de los huracanes.
"El siglo de las luces” es una novela histórica del escritor cubano Alejo Carpentier. La obra, ambientada en la época de la Revolución Francesa pero desarrollada principalmente en la región del Caribe,y quien también fuera llevada al cine con éxito. Veamos un fragmento:


"Mañana veremos lo que se hace", dijo, dándose bruscamente a hablar de algo que le había salido al paso, traído por la voz de la calle: un huracán azotaría la ciudad aquella noche. El aviso tenía carácter oficial. Había mucha agitación en los muelles. Los marinos hablaban de un ciclón y tomaban medidas de emergencia para proteger sus naves. Las gentes hacían provisiones de bujías y alimentos. En todas partes procedíase a clavetear puertas y ventanas... Nada alarmados por la noticia, Carlos y Esteban fueron a buscar martillos y maderos. En tal época del año, el Ciclón -designado así, en singular, porque nunca se producía sino uno que fuese asolador- era algo esperado por todos los habitantes de la urbe. Y si no se presentaba esta vez, torciendo la trayectoria, sería el año próximo. Todo estaba en saber si pegaría de lleno sobre la población, llevándose las techumbres, rompiendo ventanales de iglesias, hundiendo barcos, o pasaría de lado, devastando los campos. Para quienes vivían en la isla, el Ciclón era aceptado como una tremebunda realidad celeste, a la que, tarde o temprano, nadie escapaba. Cada comarca, cada pueblo, cada aldea, conservaba el recuerdo de un ciclón que pareciera haberle sido destinado. Lo más que podía desearse es que fuese de corta duración y no resultara demasiado duro. "Ce sont de bien charmants pays", rezongaba Víctor, afianzando los batientes de una de las ventanas exteriores, al recordar que también Saint-Domingue conocía la amenaza anual... Un chubasco repentino, brutal, arremolinó el aire. Caía el agua, vertical y densa, sobre las plantas del patio, con tal saña que arrojaba la tierra fuera de los canteros. "Ya viene", dijo Víctor. Un vasto rumor cubría, envolvía, la casa, concertando las afinaciones particulares del tejado, las persianas, las lucetas, en sonidos de agua espesa o de agua rota; de agua salpicada, caída de lo alto, escupida por una gárgola, o sorbida por el tragante de una gotera. Luego hubo una tregua, más calurosa, más cargada de silencio que la calma de la prima noche. Y fue la segunda lluvia -la segunda advertencia-, más agresiva aún que la anterior, acompañada esta vez de ráfagas descompensadas que se fueron apretando en sostenido embate. Víctor salió a la galería del patio, sobre cuyo resguardo pasaba el viento sin detenerse ni entrar, llevado adelante por el impulso que traía, girando sobre sí mismo, apretando, espesando la rotación, desde la lejanías del Golfo de México o del mar de los Sargazos. Con maña marinera probó el agua de la lluvia: "Salada. De mar. Pas de doute." Hizo un gesto de resignación y, para mostrar que las horas próximas serían de prueba, fue a buscar botellas de vino, copas, galletas, y se acomodó en una butaca, rodeándose de libros. Se pusieron faroles y velas junto a las lámparas que, a cada ráfaga, amenazaban con apagarse. " Mejor quedar despiertos", dijo el francés: " Podría ceder una puerta o caer una ventana." Quedaba un montón de maderos, con herramientas de carpintería, al alcance de las manos. Invitados a compartir el amparo del salón, Remigio y Rosaura unían sus voces en un rezo que mucho invocaba el nombre de Santa Bárbara... Fue poco después de la media noche cuando entró el grueso del Huracán en la ciudad. Sonó un bramido inmenso, arrastrando derrumbes y fragores. Rodaban cosas por las calles. Volaban otras por encima de los campanarios, caían pedazos de vigas, muestras de tiendas, tejas, cristales, ramasones rotas, linternas, toneles, arboladuras de buques. Las puertas todas eran golpeadas por inimaginables aldabas. Tiritaban las ventanas entre embate y embate. Estremecían las casas de los basamentos a los techos, gimiendo por sus maderas. Fue ese el momento en que un torrente de agua sucia, fangosa, salida de las cuadras, del traspatio, de la cocina, venida de la calle, se derramó en el patio, tupiendo sus tragantes con un lodo de boñigas, cenizas, basuras y hojas muertas. Víctor, dando voces de alarma, enrolló la gran alfombra del salón. Después de arrojarla a un alto peldaño de la escalera, se acercó al agua inmunda, cuyo nivel se alzaba de minuto en minuto, penetrando en el comedor, rebasando el umbral de las estancias.”


Sin duda Cuba no sería Cuba si no existieran los ciclones.